sábado, 13 de abril de 2013

Alma.

A quien de nosotros no nos ha ocurrido que viajamos en algún transporte colectivo para recorrer la Ciudad, y es en ese lugar donde pasan frente a nuestros ojos un sin fin de cuadros dantescos e imaginamos los inicios y desenlaces posibles.

¿No les ha pasado? Seguro que si, amigos. Es por ello que hoy les voy a platicar lo que hace un tiempo sucedió:

En uno de los vagones del Metro, repleto hasta las ventanillas, mientras viajaba como acostumbro habitualmente, me llamo poderosamente la atención una mujer anciana cuya mirada reflejaba melancolía; soledad que se reflejaba en el sitio donde se encontraba. Una esquina, donde acomodados estaban un par de bolsas llenas de libros y periódicos a los cuales cuidaba cual guardiana que no quitaba la mirada fija hacia un punto.

Los pasajeros ascendían y descendían en la estación Balderas, famosamente conocida por diversas situaciones y canciones que remiten a la imaginación. Aquella dama seguía perdida en sus pensamientos mientras los frenones apachurraban a los que íbamos trepados en aquel armatoste  Ella suspiraba... Tal vez recordaba su vida en el pasado.

El viaje continuaba; me acerque de poco en poco a su sitio para seguir observándole. 

Las estaciones pasaban y los andantes y viajeros aumentaban considerablemente. Al llegar a Pino Suarez, el reloj bajo la señalización de correspondencia marcaba las 10:43 de la mañana. La inquietud por saber el porqué de su semblante me llevaron a situarme justo a su lado izquierdo... El ajetreo disminuía al llegar a Candelaria. La mujer tomo sus bultos y a tientas llegó a la puerta para bajar a la siguiente parada.

¡Feliz coincidencia!, yo también descendería en San Lázaro. 

Le tomé por el brazo y pregunté porqué iba sola cargando aquel pesado "mundo de letras"... Me respondió que ya no le servían de nada, pues era invidente hacia unos pocos años e iría a regalar los libros a un señor que le esperaba.

Sorprendido por tal declaración, pregunte inmediatamente el nombre de aquella Señora... Alma, seria su respuesta. 

El convoy anaranjado detuvo su marcha apresurada. Nos aprestamos a bajar del vagón mientras el sonido de alerta del cierre de puertas nos hizo acelerar el paso. 

Ya en el anden, sin tanto barullo, platicaba con Doña Alma acerca de todo. Ella era una mujer que, dicho sea de paso, tenia magníficas historias por relatar y dignas de ser parte de un buen libro. Aventuras vividas por gran parte de la República Mexicana que me recordaron aquella vez que platique con un buen amigo, Don Conrrado, viajero al que en una de tantas veces me hablara de sus andanzas por el desierto de Sonora y las Salinas de Baja California, del cual narrare en otra ocasión. 

Pero regresando con Alma, me contó que hacia 3 meses había cumplido 79 años, los cuales se reflejaban en su rostro y sus manos. Nos sentamos un rato, largo rato, en las escaleras de salida hacia la Terminal de Autobuses, la TAPO, mientras ella me contaba que vivía sola en su apartamento desde hacia cinco o seis años, a la muerte de su esposo, Don Mariano, a quien el hecho de mencionarlo provoco que sus ojos enjugaran al instante. Su única hija vivía en los Estados Unidos; casi no tocó ese tema. Ella estaba sola. Su único pasatiempo era perderse entre la gente que viajaba por el Metro y sentarse en una banca, allá en el Parque de los Periodistas que quedaba cerca de su casa.

Decía que las fuerzas no le daban para mas y que solo esperaba el final para reunirse con su "viejito" al que extrañaba... Yo, la miraba y escuchaba atentamente. El tiempo pasaba volando, entre la charla y las risas involuntarias. Eran ya las 12:33 de la tarde. 

La casi octogenaria dama me pidió que le ayudara a subir su pesada carga; ella se sujetaba del pasamanos y a paso lento subía cada uno de los 35 escalones para llegar a la salida. 

Ya en la superficie, a ras de calle, caminamos hacia un pequeñito puesto de Periódicos donde Saúl, un chamaco de escasos 9 años sujetaba de la mano a Alma mientras le daba un beso cordial en la mejilla. 

En voz alta por el ruido que nos rodeaba le dije que mi labor había terminado. La mujer me tomo con una mano por el brazo y con la otra, a tientas, sacó un libro:

-Toma, hijo. No es mucho pero te regalo esto. Pastas rojas con letras doradas, hojas amarillentas por el paso de los años: "Frases Ilustres" el titulo de aquella reliquia la cual tome con gusto y puse en la mochila.

-Gracias, Doña Alma. Que Dios la bendiga y le guarde, fue lo único que pude decir ante tal acción  Camine de regreso a la Estación mirando hacia atrás, viendo como se alejaba la silueta de Alma. Ciertamente surgió una especie de nostalgia al instante en que se me perdió de vista entre el gentío que ahí concurría. 

Baje las escaleras mientras trataba de alcanzar el libro que aquella anciana me había obsequiado. Seguí mi viaje hojeándolo, cuando entre tantos párrafos halle la lección que había recibido aquel día mientras viajaba:

Los días son quizá iguales para un reloj, pero no para un hombre. (Marcel Proust)

No sé si alguna vez nos volveremos a encontrar en esta o en la otra vida, pero de lo que si les aseguro  es que aquella dama me enseño la importancia de mirar con el corazón, además de esperar siempre lo mejor, pase lo que pase. 

De esas lecciones que sin querer llegan a nuestra vida.


Carlo Moreno-Jiménez (el Andariego)
Ciudad de México, Distrito Federal a 6 de abril de 2013.

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